16/2/10

el sitio


Las puertas del castillo se abrieron por la noche. Lo notamos en la mañana. Esperamos el ataque de un momento a otro.
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Al mediodía regresaron cinco de los heridos que mandamos de vuelta a casa. Dicen que la mitad de la caravana murió en el viaje de ida, los demás en el viaje de vuelta. En la ciudad los rechazaron, se espantaron ante la idea de una plaga causada por las enfermedades que llevaban. Volvieron cinco hombres rechazados por su ciudad, por sus amigos, sus esposas y sus hijos.
El sitio sigue tan estancado como cuando se marcharon. Todavía llegan desde el castillo cadáveres de apestados flotando en el río, a siete leguas corre un arroyo de agua potable. Los van a buscar agua por las mañanas no siempre vuelven.
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Hace dos semanas dejaron de funcionarlas catapultas del castillo, pero los últimos cuerpos que arrojaron siguen en nuestro campamento, ya nadie se molestaba en alejarlos en los últimos meses y se han ido amontonando aquí y allá. Se volvió usual caminar apartando con el pie cabezas, piernas, o tripas. Algunos han muerto de las enfermedades que vienen con toda la carne putrefacta, pero no es lo más terrible que enfrentamos. Fue más peor aquel primer ataque. Digo ataque por usar una palabra. Me refiero a la caravana que creímos extranjera, el harén. Debieron enviarla desde algún pasadizo que ignoramos, túneles o quien sabe. Matamos a todas esas putas enfermas de sífilis y quien sabe que enfermedades más, pero ya miles de soldados se hallaban enfermos, morían todos los días.
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En verdad hace meses, más de un año, que esto dejó de ser un sitio. O sí, pero es el castillo quien nos está sitiando. Entre sus murallas y las de nuestro hogar, cerradas para nosotros.
Ahora la puerta del castillo, abierta como una gran boca, parece ser lo único que existe en el mundo. Armados con todos los pertrechos, llevamos horas esperando. El silencio tenso de los soldados hace que el fluir enfermizo del río suene atronador.
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Finalmente cae la noche, los soldados siguen esperando el ataque del castillo. La tensión termina por atrofiar los músculos y el pensamiento. Ya no es la tensión que se prepara a saltar, es sólo músculos agarrotados.
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Han pasado dos días. Enviamos un contingente al castillo. Se marcharon hace horas, no han vuelto.
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El silencio enloquece a los soldados. Ayer en la tarde uno entró corriendo al castillo, gritando. Algunos lo siguieron, ignoro si para detenerlo o acompañarlo. Al cruzar la puerta ya no los oímos.
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Dejamos a los enfermos, morirán de todos modos. Los que aún podíamos caminar entramos al palacio. Está desierto. A nuestras espaldas la puerta se ha cerrado. No hemos encontrado aún las palancas para abrirlas. Yo y unos quince hombres nos apostamos en los astilleros, los demás se internaron en la ciudad.
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Las murallas internas del palacio están repletas de símbolos, quizá ideogramas de un idioma ignorado, de idiomas antiguos. Son líneas violentas, frutos del odio. Tal vez del terror. No parecen haber sido escritas por la misma persona. He soñado que las escribieron con las uñas.
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No han vuelto. No sabemos cuanto tiempo llevamos aquí. Algunos de los que me acompañaban se internaron en la ciudad. Uno se ha suicidado. Escribo estas palabras antes de entrar también al silencio. Me pregunto que me espera adentro. Me lo pregunto como podría preguntarme el sentido de la vida o la muerte, sin esperar respuesta, o esperando que no haya respuesta. Pronto he de saberlo. He notado que mientras esperaba arañaba las piedras agregando otras líneas a las infinitas líneas de la pared.


15/2/10

fragmento de una carta


Lo último que se pierde es la esperanza, dicen. Pero llevamos años luchando sin esperanzas y seguimos perdiendo todavía. Ni siquiera nos queda la muerte.
Todavía se habla de retirada estratégica, de planes para la victoria. No soportaríamos la victoria. Imponer nuestros ideales y ver como el mundo se hunde de todos modos. Alguna vez creímos que teníamos la razón de nuestra parte. No es imposible que la hayamos tenido. Sin embargo ver a lo que nos ha llevado sostener esa idea parece un grito de alerta. Quizá sea la propia idea pidiendo su muerte.
Quién dijo que las ideas no mueren? He visto morir a un hombre, un hombre que podía tocar. Apenas me queda su imagen. De una idea tengo menos que eso, y nunca pude tocarla. He pensado en eso algunas noches, las noches que aún podemos pensar. Quizá la idea es el recuerdo de algo que está muerto, algo que ni siquiera vimos morir. O algo que matamos al pensarla.
Podríamos rendirnos, conservar la vida. Dejar que las cosas sigan su antiguo curso. Para cambiar ese curso tomamos las armas. Preferíamos morir antes que continuar con toda esa farsa. Claro, entonces no creíamos en la muerte.
La muerte ni siquiera era para el enemigo. Esa sombra que se desplomaba tras la mira de un fusil no podía ser la muerte. Luego vimos caer a nuestro hermano, a nuestro amigo, a nuestro amante. Se han vuelto parte de la trinchera.
La trinchera se sostiene con calaveras. Pero no la trinchera: la tierra. La trinchera es sólo la boca. La boca que nos traga, que nos mastica, que nos traga. Es la boca que nos mata, pero no deja de ser un bostezo. Nuestra muerte la alimenta y la aburre. Pronto ha de cerrarse. Entonces plantaran trigo, vid, cebada sobre estos campos. Los cuerpos serán tierra otra vez, tierra sin nombre. Construirán ciudades y brindaran con ese vino por el que sigue corriendo nuestra sangre.
Ves, ya te hablo como un muerto, mi propia muerte es un hecho tan seguro que no me considero entre los vivos. Aún se puede perder la vida luego de perder la esperanza, y todavía queda algo que perder.
Cierto placer me acompaña sin embargo. Debo confesarte que por las noches, cuando escuchamos a lo lejos las canciones de nuestros enemigos, ya seguros de su victoria, imagino sus rostros en veinte, en treinta años. Los veo ante el mundo que defendieron, el que ayudaron a construir. Veo como ese mundo les escupe, como escupe a sus hijos, y descubren que aún así, traicionados por ellos mismos, con toda esperanza perdida, pueden seguir viviendo.
Ese es el lazo que me une a todos los hombres.