21/11/10

Morglîn


Hijo del encuentro fortuito de una noble y un vagabundo, creció en el seno de una familia acomodada que nunca vio con buenos ojos a aquel bastardo heredero de la delicadeza de su madre y la astucia del padre que no conoció. Nunca estuvo cómodo en el lujo y siempre prefirió las calles baldías, y para sosiego de la casa materna decidió una noche no volver de sus correrías y hacerse al mundo.
Los años lo endurecieron, y si su belleza atraía la compasión, su espíritu pendenciero no permitía que nadie se mantenga a su lado. Aprendió a vivir en la sombra, robando comida en los bares al descuido de mozos y comensales, buscando en la basura restos a los que pudiera hincar diente. De esos menesteres se ocupaba cuando se encontró con la pandilla del callejón.
-vaya, vaya… quién es este que se aventura en nuestro territorio?
No contestó. Se limitó a tomar lo que había recogido y dar media vuelta.
-piensas irte sin pagar por lo que llevas?
Entonces otros vagos le cerraron el paso, él dejó su botín en el suelo y se dispuso a pelear. Era bravo, pero uno solo contra varios. Cuando el sol iluminó la escena se encontraba muy herido mirando el cielo. Cerró los ojos y se sumió en un sueño largo y pesado poblado de ratas y los obscuros fuegos de la fiebre, huyó de sombras y sombras peores para encontrarse frente al río, donde la luna bajaba a bañarse, y cuando una mitad estaba bajo las aguas la luz formó un puente blanco sobre el río apenas suspirante. Dudó un momento y puso un pie, y probó que el puente era sólido, y se disponía a poner el otro cuando creyó escuchar a la luna decirle “vas a estar bien, pequeño, todavía no llegó tu hora”
*
-vas a estar bien- repitió la niña, mientras acariciaba la negra piel del gato que había rescatado del callejón, volviendo de la tienda. La pobre criatura se retorcía muda en sus heridas, la tomó y la curó lo mejor que pudo, limpió la mugre, desinfectó los cortes y lo sentó en su regazo hasta que abrió los ojos azules y profundos. Sonrió.
-vas a estar bien- le dijo.
Luego de comer un poco y descansar, Morglîn (así lo llamó la niña), quiso volver a la calle y ella no se negó. Sin embargo todas las tardes volvía y en el porche de la casa se dejaba acariciar aún después que es crepúsculo plegara sus alas.
Pero los padres de la niña no aprobaban esta relación, les parecía que “ese maldito gato callejero” (como ellos bautizaron a Morglîn) sólo podría traer enfermedades a su pequeña hija, así que decidieron envenenar la comida que ella le servía en sus encuentros, y una tarde, de las propias manos de su amiga, Morglîn tuvo su muerte.
Entonces ninguno lo supo, era un veneno lento y se marchó apenas un poco mareado, pero cuando no volvió al día siguiente, ella se preocupó, y al siguiente estaba segura de que algo malo había pasado, al tercer día salió a buscarlo.
Recorrió las más sucias callejuelas y se alejó más todavía hasta internarse en la noche y en los límites del barrio, y ya sin esperanzas se sentó en el muelle y se echó a llorar. Llorando se quedó dormida entre las estrellas del cielo y las estrellas del agua, hasta que un terso contacto la despertó: Morglîn frotaba su pequeña cabeza en la mejilla húmeda de la niña.
Ella se recostó y abrazó a su amigo. Lo miró a los ojos y el hizo un gesto señalando la luna que se hundía en lontananza como aquella otra noche.
Morglîn saltó de su regazo y pisó el puente de luz. Ella reprimió el susto cuando vio que se sostenía sobre el agua y le hacía gestos para que lo siga.
Ella se acercó y puso un pie en el rayo de luna, y vio que la sostenía, y Morglîn caminó y ella a su lado, y con la luna que se hundía se marcharon juntos antes del amanecer.

Des perles de pluie

De la lluvia sabíamos lo que narraban los viajeros. La asociamos al sudor y a las lágrimas, como asociamos el mar con el arroyo de allá lejos.
Creíamos que la lluvia era una cosa triste, el cansancio o el dolor del cielo, y que el cielo sobre nosotros no sentía nada, por que no sudaba, no lloraba nunca. Entonces llegó el extranjero.
No entendimos su lengua, era áspera y profunda; venía del horizonte y parecía que aún no llegaba. Lo recibimos como se recibe a un desvalido, pero luego del primer descanso trabajó para ganar su pan; poco a poco aprendió nuestra idioma, nuestros usos, nuestras canciones. Sobre todo nuestras canciones. De día sus manos sangraban en el trabajo, de noche su voz sangraba en la música, como si le urgiera ser herida, hemorragia implacable.
Con arcilla construía grandes platos en las afueras, con un empeño que semejaba esperanza. Nadie sabía para qué. No preguntamos ni él lo dijo. Una noche vimos ascender un globo de fuego: lo elevó el extranjero, así supimos que era un brujo.
-haré que llueva- nos dijo.
Con desconfianza y respeto preguntamos cómo. Él nos hizo hervir en los grandes cuencos de arcilla agua del arrollo durante días y noches hasta que el cielo se cubrió de algodones, seguimos y el algodón se hizo gris, luego fue de luto y sonaron grandes tambores, y muchos creyeron oír en los tambores la voz incomprensible de dios. Entonces el extranjero prendió fuego en los cuencos, y elevó más globos ardientes.
El cielo se acercaba como una boca sombría a devorarnos. La voz creció y no fue sudor, no fue llanto: dios se desprendió en cien ángeles de cristal, en mil flores traslúcidas, el cielo bajaba al desierto y la tierra fue barro y supimos como en ese matrimonio tantas eras antes se creó la vida.
El extranjero sacó un cofre de plata, dejó que penetre una gota, y sonrió.
Toda la noche la lluvia siguió bailando, con la aurora un puente de luz unió la tierra y el cielo.
Ya nadie vio al extranjero, subió aquel puente, dicen, se fue cantando, llevando una gota de lluvia de un país donde no llueve.