28/11/10

El árbol de la música.


En el mar no hay más caminos que la efímera estela que dibujan los navíos a su paso. Confiamos en la brújula, en las estrellas, en mapas trazados por una mano a veces olvidada o desconocida, en objetos absurdos para tal empresa. Sin embargo no es imposible navegar de un punto a otro, es lo esperado, tanto que lo creemos lógico, la diferencia radica en que en lógica no hay sorpresas, pero en el mar sí. Entonces la razón no puede sino dar un paso al costado y observar, o taparse los ojos de miedo, como la de Télpenar, que durante la tormenta y la deriva no quiso mirar ni de asomo. Así fue que al despertar en la playa, no podía saber con certeza que ocurrió; y, de no sentir cien clavos horadándole los músculos, habría jurado que la muerte lo dejó varado en el paraíso.
Poco más allá de la arena comenzaba una suerte de bosque, y ahí se internó buscando con que saciar su hambre, sin entender la variedad de aquella vegetación, ni encontrar frutos conocidos o de apariencia comestible. Así buscando llegó a un claro donde un árbol solo se alzaba. Sus ramas se agitaban como saludando, y de la madera y el viento surgía una música ondulante y repetida. Del árbol pendían frutos granas como un puño de pocos años similares en forma a los duraznos. Télpenar tomó uno y tirando combó la rama que lo sostenía. Entonces todo el árbol pareció gritar, el fruto se desprendió, y un aullido largo se alejó del claro, restando el árbol inmóvil.
Entonces en el bosque se encendieron luces y gritos de horror. Pronto Télpenar se vio rodeado de rostros consternados que los tomaron prisionero y lo llevaron a la ciudad. Mucho tardaron los habitantes del bosque en comprender la lengua de Télpenar, y no se mostraron dispuestos a enseñarle la suya hasta saber quien era y porque había liberado al espíritu del árbol de la música. Cuando terminaron el interrogatorio lo disculparon por su ignorancia y se lamentaron por haber bajado la guardia, no apostando centinelas previendo el paso de cualquier extranjero que desconociera la tradición.
En verdad ni aún ellos la tomaban en cuenta. La respetaban más por costumbre que por miedo. Lo que sabían del árbol de la música venía de canciones tan antiguas que su origen se había perdido. Contaban que un espíritu, corrompido por el señor obscuro en los tiempos de la guerra de los dioses, acosaba a toda criatura viviente poseyendo su cuerpo y escarbando su mente, pervirtiendo así sus actos y pensamientos. Poco podía hacerse en su contra más que huir cuando un viento cálido soplaba, ya que esa forma tomaba en sus correrías. Hasta que un día el dios del aire pidió a su hermana, diosa de la tierra, que haga un árbol tal que, soplando el viento entre sus ramas, sonara la melodía que en el comienzo de los tiempos -cuando todo era música- se había hecho para ese espíritu. Hecho el árbol, atrajeron al viento, que al atravesarlo reconoció la melodía, y regocijado en ella vivió allí desde entonces, hasta que Télpenar arrancó un fruto, rompiendo el perfecto equilibrio necesario para que el árbol sonara de ese modo. Así el viento enfurecido volvió al horror y la sombra.
Al enterarse de esto, Télpenar se supo culpable e ideó un plan para enmendar su falla. Sus nociones de música eran escasas, pero aprendió a tocar el arpa, y con ayuda del pueblo del bosque –que la conocía de memoria- transcribió la canción a su instrumento. Cuando la hubo aprendido bien fue a tocarla al claro para que el espíritu lo escuche.
Poco tardó el espíritu en oír el sonido de las cuerdas. Al encontrar a Télpenar tocando el arpa se apoderó de él, y con su mente y sus manos siguió tocando. Tocó por tantos años que ya no pudo abandonar el cuerpo del náufrago, y quedó atrapado en su carne, gastando todo su poder en mantenerlo ejecutando la música por décadas y décadas, hasta que en un último acorte agotó sus fuerzas, y el cuerpo se desmoronó en cenizas que la brisa vespertina sacudió.
Mucho lo lloraron en el pueblo y su sacrificio fue recordado entre ellos como el más grande realizado por un hombre solo. Para su sorpresa, con los meses aparecieron en el bosque verdes retoños donde habían caído las cenizas. Con los años los retoños se volvieron árboles - hermanos del viejo árbol de la música- y en ellos, cuando sopla el viento, escucharon la antigua música del espíritu que les recordó siempre a Télpenar, y su nombre no fue olvidado hasta el fin de los días del bosque.

El niño y el Golem.


I
El ejército se acercaba a la ciudad. Langer, un zadik, decidió repetir la creación del maestro Rava: un hombre artificial. Formó el cuerpo de barro y pasó vigilia e insomnio repitiendo los alfabetos de las 221 puertas sobre cada órgano del Golem. Le faltaba el corazón cuando un espía de los enemigos enterado de sus planes lo asesinó en su estudio. Asesinó también a la esposa del zadik, y el hijo habría corrido la misma suerte si la costumbre de espiar al padre no lo hubiera llevado a presenciar el crimen dándole tiempo de huir.
Perdido en el bosque intentó repetir la labor de su padre, pero el hambre y el frío lo vencieron antes de ver concluida su obra.
II
El Golem miraba entre sus brazos el cuerpo del pequeño. Lo había sentido cuando le daba forma, lo oyó decir los encantamientos, se mojó con sus lágrimas, lo vio desplomarse.
Lo encontró cuando la luna de octubre derramó sobre él sus efluvios y pudo al fin moverse. Tomó al niño, apenas piel y huesos, lo limpió y repitió las fórmulas con que lo había despertado, pero el niño no despertó.
Lloró cenizas sobre el cadáver hasta que la primera lluvia del mes lo deshizo sobre el pequeño, restando de ellos sólo un montículo de barro en el bosque.
III
Cuando el sol levantó una cortina de niebla la mañana luego de la lluvia, el ejército apostado en el bosque acabó de aprontarse y marchó hacia el pueblo.
Un soldado raso fue el primero en verlo, se lo señaló al jefe del pelotón, que escupió sobre el túmulo de barro mascullando “ni siquiera saben disimular una mina”. Se disponía a pasar el informe al comandante cuando vio que la saliva se extendía volviendo todo a su alrededor un barro cenagoso en el que el ejercito se hundió antes de que el sol acabe de espabilarse.
IV
Cuando nada acaeció, del pueblo enviaron una partida de reconocimiento para averiguar que fue todo ese ajetreo por la mañana.
Recorrieron el bosque y sólo encontraron a un niño, pálido, casi resplandeciente.
-Qué haces aquí? Este lugar es peligroso. –Le dijeron.- Viene un ejercito.
-Lo he visto- contestó el niño.
Los hombres preguntaron dónde, cuántos eran, qué armas llevaban.
-Busquen bajo tierra.- Contestó él, y les dio la espalda. –Voy a reunirme con mi padre.
Los hombres incrédulos cavaron, y bajo tierra encontraron esqueletos armados y los pertrechos de un ejército completo, los huesos parecían antiguos, pero las armas seguían relucientes, y con ellas el pueblo se defendió durante años, hasta perder el favor de los hados y desaparecer de los mapas.
Sin embargo, algunos dicen que el Golem aún ronda el bosque, y si algún descendiente del ejército que asoló al pueblo se interna en él, no vuelve nunca.

28.11


Te recuerdo de pronto desnuda frente a la lluvia, pero ahora todo ocurre tan lento que puedo ver tu reflejo en cada gota, como si estuvieras en cada una, minúscula, infinita.
Llueve otra vez y te busco, pero las gotas se me escapan, no te puedo ver, sin embargo sé que estás ahí.
Salgo a bañarme en tu imagen.